Episodio 5 — El futuro secuestrado

La arquitectura emocional del poder ruso

El futuro secuestrado

Cómo el Kremlin utiliza el futuro como herramienta emocional para controlar expectativas, limitar horizontes y consolidar su poder.

Cartel en estilo soviético con engranajes, relojes detenidos y figuras humanas atrapadas, para el episodio El futuro secuestrado
El futuro secuestrado — La Verdad Compartida

En Rusia, el futuro no es un horizonte abierto de posibilidades: es un territorio administrado por el Estado, donde las expectativas colectivas se moldean para servir al régimen. El Kremlin ha perfeccionado la idea de que controlar las visiones del mañana es tan efectivo como idealizar el pasado o justificar el presente. Si la nostalgia soviética ancla la identidad en un ayer glorificado y las narrativas de asedio explican las dificultades actuales, el futuro se presenta como un camino inevitable, condicionado por la obediencia y el sacrificio, para evitar cualquier aspiración disruptiva.

La promesa de un “mañana mejor” ha sido sutilmente reemplazada por un discurso que normaliza la incertidumbre y la tensión prolongada. El mensaje implícito es claro: no habrá prosperidad sin sacrificios continuos, no habrá estabilidad sin lealtad inquebrantable al Estado, y no habrá seguridad sin renunciar a ciertas libertades individuales. Por ejemplo, en su conferencia de prensa anual "Resultados del Año" del 19 de diciembre de 2025, Vladimir Putin enfatizó el progreso en proyectos nacionales estratégicos, como el desarrollo tecnológico y la soberanía económica, pero los enmarcó dentro de un contexto de confrontación global permanente, sugiriendo que el éxito futuro depende de la resiliencia colectiva ante amenazas externas. En su discurso de Año Nuevo del 31 de diciembre de 2025, Putin expresó confianza en la victoria en Ucrania, afirmando que Rusia "cree que ganará" y que los rusos están unidos por un "amor sincero y devoto" a la patria, pero sin detallar plazos o cambios radicales, manteniendo así un futuro vago y dependiente del esfuerzo actual. Este enfoque convierte el futuro en un espacio condicionado, donde la esperanza se vincula directamente a la adhesión al poder, desincentivando demandas de cambio inmediato.

Esta estrategia emocional se refuerza con narrativas que retratan a Rusia como una nación destinada a enfrentar desafíos eternos, transformando la incertidumbre en parte de la identidad nacional. La idea recurrente de que “el mundo está contra nosotros” no solo justifica las dificultades presentes, como sanciones económicas o tensiones geopolíticas, sino que prepara a la población para aceptar un futuro de confrontación permanente. Encuestas recientes ilustran esta dinámica: según un sondeo del Levada Center realizado entre el 18 y 27 de noviembre de 2025, el 55% de los rusos esperan que la guerra en Ucrania termine en 2026, lo que se cita como el principal motivo de optimismo para el año entrante. Sin embargo, este optimismo es cauteloso y condicionado: siete de cada diez rusos esperan que 2026 sea más "exitoso" que 2025, pero atado a la creencia de que Moscú logrará sus objetivos en el conflicto, según el mismo centro de investigación. Al mismo tiempo, preocupaciones económicas como la inflación y los aumentos de impuestos ensombrecen el panorama, con solo el 25.2% esperando mejoras significativas en 2026, mientras que el 18.9% anticipa un deterioro, reflejando cómo el Kremlin canaliza las expectativas hacia una "supervivencia resiliente" en lugar de un progreso transformador.

Al limitar los horizontes posibles, el Kremlin mantiene a la sociedad en un estado emocional de espera perpetua. Proyectos de modernización, como los anunciados en la reunión del Consejo para el Desarrollo Estratégico y Proyectos Nacionales del 8 de diciembre de 2025, se promocionan con fanfarria —enfocados en innovación tecnológica y autosuficiencia—, pero a menudo se diluyen en la implementación, postergados por prioridades militares o restricciones presupuestarias. Las reformas económicas se prometen en discursos, pero se ven obstaculizadas por la guerra y las sanciones, mientras que la innovación se celebra en eventos estatales pero se restringe por controles sobre la libertad de expresión y el acceso a tecnologías globales. Esto crea un futuro siempre "al alcance", pero suspendido en la incertidumbre, donde la población aprende a priorizar la estabilidad sobre la ambición. No obstante, no todo es uniformemente pesimista: el aumento al 66% de rusos que apoyan negociaciones de paz en Ucrania (según Levada en diciembre de 2025) sugiere brotes de esperanza real, aunque el Estado los cooptó para reforzar narrativas de "victoria inminente" condicionada.

¿Qué ocurre cuando un país deja de imaginar su futuro y solo aprende a sobrevivirlo? En Rusia, esta secuestración emocional del mañana consolida el autoritarismo al reducir expectativas y fomentar resignación, pero también genera vulnerabilidades: si las promesas de resolución —como el fin del conflicto en 2026— no se materializan, la desilusión podría erosionar la lealtad colectiva. En esta serie, hemos explorado cómo la nostalgia, el control narrativo, la identidad sitiada y ahora el futuro secuestrado forman la arquitectura emocional del poder ruso, un sistema diseñado para perpetuar el control a través de las emociones colectivas.

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