La arquitectura emocional del poder ruso
El poder que se siente
Cómo las emociones, más que las instituciones, sostienen el proyecto político del Kremlin.
A lo largo de esta serie vimos que el poder ruso no se sostiene únicamente en la fuerza militar, la propaganda o la represión. Su verdadero cimiento es emocional. El Kremlin ha construido un ecosistema afectivo donde la nostalgia, el miedo, la identidad y la incertidumbre funcionan como herramientas de gobierno.
La nostalgia por la URSS ofrece un pasado idealizado que legitima el presente. El control narrativo convierte al Estado en el único intérprete autorizado de la realidad. La identidad sitiada une a la población frente a enemigos externos siempre cambiantes. La exportación emocional proyecta influencia más allá de las fronteras. Y el futuro secuestrado limita los horizontes posibles, manteniendo a la sociedad en un estado de espera permanente.
Esta arquitectura emocional no es accidental. Es un sistema diseñado para moldear percepciones, orientar comportamientos y reducir la incertidumbre en un país donde la estabilidad es un valor político central. El Kremlin no solo gobierna cuerpos y territorios: gobierna estados de ánimo.
La pregunta final es inevitable: ¿qué ocurre cuando un poder construido sobre emociones intensas se enfrenta a una sociedad que empieza a sentir otra cosa?
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