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| Vista de la iglesia de San Francisco de Asís de Zaramaga en el momento de su inauguración, en 1968. MAKLA- eldiario.es |
INTRODUCCIÓN
Han pasado cinco décadas, pero las paredes de la parroquia de San Francisco de Zaramaga aún guardan silencio. Un silencio denso, de esos que pesan. El mismo silencio que durante años envolvió aquella tarde de marzo de 1976, cuando el eco de los disparos se confundió con los gritos de los trabajadores y el ruido sordo de los cuerpos al caer.
Pero el silencio, a veces, es solo un prólogo.
El 17 de febrero de 2026, a las siete de la tarde, el Palacio Villa Suso de Vitoria-Gasteiz rompió ese mutismo de una manera distinta. No con disparos, sino con palabras. Con memoria. Allí, los periodistas Ismael Díaz de Mendibil y Pilar Ruiz de Larrea condujeron la presentación de "3 de marzo. Memoria contra el olvido", un documental sonoro producido por Radio Vitoria que llega justo a tiempo para el 50 aniversario de la mayor matanza de la Transición española.
Porque 2026 no es un año cualquiera. Es el año en que se cumplen cinco décadas de aquel "miércoles negro" que segó la vida de cinco obreros —Pedro María, Francisco, Romualdo, José y Bienvenido—, dejó más de 150 heridos y marcó a fuego la memoria colectiva de este país. Y es, también, quizá la última oportunidad para escuchar de viva voz a quienes aún pueden contar lo que vieron.
Este documental importa ahora porque la memoria tiene fecha de caducidad biológica. Importa porque los audios inéditos de la policía, los testimonios exclusivos y las 30 entrevistas que lo componen no solo reconstruyen unos hechos: levantan acta de una herida que nunca cerró del todo. Importa, en definitiva, porque cuando las voces de los testigos se apagan, solo queda lo que decidamos recordar.
Y recordar, 50 años después, es también un acto de justicia.
LO QUE FUE EL "MIÉRCOLES NEGRO"
Para entender lo que ocurrió aquel 3 de marzo de 1976 hay que situarse en una España que aún olía a dictadura, pero que empezaba a moverse. Franco llevaba apenas tres meses muerto. Tres meses. El régimen seguía ahí, con sus estructuras intactas, sus policías, sus jueces y sus miedos. Pero algo se estaba resquebrajando. Los trabajadores, los estudiantes, los vecinos de los barrios obreros comenzaban a probar los límites de eso que luego llamarían Transición.
Vitoria-Gasteiz era entonces una ciudad industrial en ebullición. Y en esa primavera anticipada de 1976, el conflicto laboral era el pan de cada día. Los trabajadores de varias empresas —entre ellas, las emblemáticas Forjas Alavesas— llevaban semanas reclamando mejoras salariales y condiciones dignas. La patronal no cedía. El Gobierno, tampoco. Así que se convocó una huelga general.
El 3 de marzo, unos 4.000 trabajadores se reunieron en asamblea. El lugar elegido fue la parroquia de San Francisco de Zaramaga, en un barrio obrero de la ciudad. No era casual: las iglesias, en aquellos meses, se habían convertido en refugio de asambleas y reuniones prohibidas. Bajo sus techos, amparados por curas cercanos a la teología de la liberación y a los movimientos vecinales, los obreros podían reunirse sin ser, en principio, disueltos.
Pero aquella tarde fue diferente.
Sobre las cinco, la policía armada —la temida Compañía de Reserva de Miranda de Ebro— rodeó la iglesia. Primero lanzaron gases lacrimógenos. El humo blanco comenzó a colarse por las puertas y ventanas del templo. La gente tosía, lloraba, intentaba protegerse. Algunos salieron a la calle buscando aire. Otros trataron de resistir dentro. Entonces llegaron los disparos.
No fueron solo pelotas de goma, aunque también las usaron. Fue munición real. Balas. Dispararon a matar.
Cuando cesaron los tiros, cinco cuerpos yacían en el suelo. Sobre el empedrado de Zaramaga, sobre el asfalto de las calles aledañas, dentro de la propia iglesia.
Pedro María Martínez Otaegui, de 27 años, oficial de Forjas Alavesas, casado, con hijos. Muerto por un disparo en la cabeza cuando salía del templo.
Francisco Aznar Clemente, 17 años, aprendiz. El más joven. Un tiro en el pecho.
Romualdo Barroso Chaparro, 19 años, natural de Burgos, trabajador en Vitoria. Un disparo le alcanzó cuando corría.
José Castillo García, 32 años, obrero de Forjas, vecino de Zaramaga. Muerto.
Bienvenido Pereda Moral, 30 años, también obrero. Muerto.
Cinco hombres. Cinco familias rotas. Y más de 150 heridos que arrastrarían durante décadas las secuelas de aquella tarde.
Esa noche, Vitoria-Gasteiz se convirtió en un polvorín. Las protestas se extendieron, las huelgas se multiplicaron, y la noticia corrió como la pólvora por toda España. La dictadura aún coleaba, pero aquella masacre —la mayor de toda la Transición— hizo tambalear los cimientos del Gobierno de Carlos Arias Navarro. Poco después, Arias caería. Pero aquello no fue justicia, solo política.
Porque del 3 de marzo de 1976 no hubo juicio. No hubo investigación completa. No hubo un "nunca más" oficial. Hubo silencio. Hubo olvido pactado. Hubo, durante años, una losa sobre la memoria de aquellos cinco obreros.
La herida no cerró. Simplemente, la taparon.
Y 50 años después, sigue abierta.
EL DOCUMENTAL: "MEMORIA CONTRA EL OLVIDO"
Si la memoria tuviera formato, probablemente elegiría el sonido. La voz quebrada de un testigo, el silencio que deja una pausa, el ruido de fondo de una ciudad que ya no existe. Eso debió pensar David Sáenz cuando aceptó el encargo de dirigir *"3 de marzo. Memoria contra el olvido"*, la serie documental con la que Radio Vitoria ha decidido plantar cara a cinco décadas de silencio institucional.
Ficha técnica para la historia:
- Director: David Sáenz, periodista con larga trayectoria en el tratamiento de la memoria histórica en Euskadi.
- Formato: Serie auditiva de 10 episodios. Cada entrega ronda los 20 minutos. Ni más ni menos que lo que cabe en un trayecto de trabajo, en una pausa para comer, en el tiempo justo para escuchar y no poder apartar la oreja.
- Producción: Radio Vitoria, la casa de todos, la emisora que lleva décadas contando el día a día de esta ciudad. Esta vez, cuenta lo que ocurrió aquel día.
- Disponibilidad: El primer capítulo se emitió el 18 de febrero de 2026 en antena. Pero la memoria no entiende de horarios: está disponible bajo demanda en Guau, la plataforma de contenidos audiovisuales vascos. Para escuchar cuando toque, cuando duela, cuando toque recordar.
Lo que hace único este proyecto:
El documental reposa sobre 30 entrevistas en profundidad. Treinta voces que construyen un mosaico. No están todos los que fueron, pero sí los que quedan. Supervivientes, familiares, periodistas que cubrieron la información, abogados que intentaron llevar los casos a los tribunales, historiadores que han buceado en los archivos.
Y luego está el nombre que duele: Rodolfo Martín Villa. El ministro de Relaciones Sindicales en aquel momento. El hombre al que muchas voces señalan como responsable político de lo ocurrido. Su testimonio está ahí, incluido en la serie. No como gesto de reconciliación, sino como pieza de un puzle que debe ser completo. Escuchar a Martín Villa no es perdonar; es entender cómo funcionaba el engranaje.
Pero quizá lo más impactante sean los audios inéditos de la policía. Grabaciones internas, comunicaciones entre mandos y agentes durante aquella tarde. La voz de los que dispararon, la frialdad de las órdenes, la burocracia de la represión. Por primera vez, el dispositivo represivo habla en primera persona.
El objetivo: Reconstruir los hechos para preservar la memoria. No se trata solo de contar qué pasó —eso, a grandes rasgos, se sabe—, sino de explicar cómo se vivió desde dentro de la iglesia, desde las casas de los vecinos, desde las habitaciones de los hospitales donde ingresaban los heridos. Y también cómo se silenció: la presión a testigos, el carpetazo judicial, el pacto de silencio que durante años impidió que en esta ciudad se hablara del 3 de marzo en voz alta.
No es un documental para cerrar heridas. Es un documental para abrir archivos.
EL ACTO DE PRESENTACIÓN (17 DE FEBRERO DE 2026)
El Palacio Villa Suso, en el corazón del Casco Viejo de Vitoria-Gasteiz, ha visto de todo a lo largo de sus más de cuatro siglos de historia. Ha sido casa noble, sede institucional, escenario de recepciones y debates. Pero el 17 de febrero de 2026, a las siete de la tarde, sus paredes artesonadas acogieron algo distinto: la memoria hecha acto.
Dos periodistas de la casa conducían el evento. Ismael Díaz de Mendibil y Pilar Ruiz de Larrea, rostros y voces conocidas de la radiotelevisión vasca, ejercieron de maestros de ceremonia. Pero aquella noche no hubo protocolo frío ni discursos de circunstancias. Hubo miradas cómplices, apretones de manos que duraban más de la cuenta, abrazos de quienes no se veían desde hacía años.
En las butacas, familiares de las víctimas. Algunos con la misma ropa de luto que nunca terminan de quitarse del todo. Otros, los más jóvenes, nietos y bisnietos que llevaban la memoria en los genes sin haber vivido los hechos. También autoridades locales —el Ayuntamiento de Vitoria estuvo representado al más alto nivel—, representantes de asociaciones memorialistas, vecinos del barrio de Zaramaga que aquella tarde de 1976 oyeron los tiros desde sus ventanas.
El ambiente era denso, pero no triste. Había algo de celebración contenida en el aire. Porque presentar un documental así, 50 años después, es también una victoria. Pequeña, modesta, pero victoria al fin.
Y luego estaba lo que viene. Porque el acto no miraba solo al pasado. La presentación del documental se enmarca en una serie de eventos conmemorativos del 50 aniversario que incluyen una reivindicación muy concreta: declarar la iglesia de San Francisco de Zaramaga lugar de memoria democrática. Convertir el escenario de la masacre en un espacio de recuerdo oficial, con placa, con reconocimiento institucional, con la dignidad que nunca se le dio.
Cuando los periodistas anunciaron esa iniciativa entre los asistentes, algo cambió en la sala. No fue un aplauso cerrado, sino algo más profundo: un asentimiento colectivo, un gesto de quienes llevan décadas esperando que las paredes de aquella iglesia dejen de guardar silencio para empezar a contar verdad.
Afuera, la noche de febrero caía sobre Vitoria. Dentro, 50 años de historia contenida comenzaban por fin a respirar.
POR QUÉ ESTE DOCUMENTAL ES NECESARIO AHORA
En España tenemos una relación extraña con nuestro pasado. Lo miramos de reojo, como quien pasa por delante de una casa en ruinas y acelera el paso por si alguien le pide cuentas. Durante décadas, la Transición se vendió como un éxito rotundo, una operación quirúrgica de sutura nacional que nos permitió pasar de la dictadura a la democracia sin anestesia, pero también sin sangre. Salvo que aquí sí hubo sangre. La de aquellos cinco obreros en Vitoria, la de los abogados de Atocha, la de los manifestantes en Montejurra, la de tantos otros que no aparecen en los manuales de texto.
La memoria como campo de batalla
Porque la memoria, en este país, es eso: un campo de batalla. Cada intento de exhumar una fosa, cada documental, cada libro, cada declaración institucional abre una trinchera. Unos ven justicia; otros, revanchismo. Unos quieren mirar atrás para entender; otros prefieren no remover porque "ya pasó". Pero lo que pasó no pasa del todo mientras haya preguntas sin respuesta, mientras los asesinatos de Estado no tengan un juicio, mientras los verdugos hayan muerto en sus camas sin pisar una celda.
El contraste con otras transiciones es brutal. En Sudáfrica hubo comisiones de la verdad. En Argentina, los juicios a las juntas militares. En Alemania, décadas de pedagogía sobre el horror nazi. Aquí, en cambio, construimos la democracia sobre un pacto de silencio. Y el silencio, cuando se impone desde arriba, no cura: congela.
El testimonio como acto de resistencia
Este documental llega justo a tiempo. Los protagonistas de aquel 3 de marzo tienen hoy entre 70 y 90 años. Algunos ya no están. Otros empiezan a fallar. La memoria tiene un soporte biológico frágil: el cuerpo humano. Cuando ellos falten, lo que quede serán los archivos, los papeles, las grabaciones. Por eso registrar ahora sus voces no es solo periodismo: es un acto de resistencia contra el olvido programado.
Cada testimonio es un cable a tierra con un pasado que el sistema preferiría difuso. Cada relato en primera persona rompe la estadística fría de los cinco muertos y los 150 heridos para ponerles rostro, miedo, rabia, dignidad.
La polémica Martín Villa
Y luego está el elefante en la habitación: Rodolfo Martín Villa. Incluir su testimonio en el documental ha levantado ampollas. ¿Dar voz a un implicado? ¿Permitir que quien ostentaba la máxima responsabilidad política cuando ocurrió la masacre se siente ante un micrófono a contar su versión?
La decisión de David Sáenz es arriesgada, pero necesaria. No se trata de reconciliación —sería obsceno pedirla sin justicia de por medio—, sino de documento histórico. Martín Villa forma parte del relato. Oírle no es blanquearle; es someterle al juicio de la historia con sus propias palabras. Es dejar que sus explicaciones, sus silencios, sus evasivas queden grabadas para siempre. Eso también es memoria: la del poder, la de los que mandaban, la de los que nunca han tenido que pedir perdón.
El poder del audio
Hay algo especialmente poderoso en el formato elegido. El sonido tiene una intimidad que la imagen no siempre consigue. Cuando escuchas, construyes en tu cabeza los escenarios, los rostros, los gestos. Es un acto de cocreación entre el documental y quien lo escucha.
Además, el audio permite lo que el vídeo a menudo niega: la pausa, el silencio, la respiración entrecortada de quien recuerda algo que duele. Sin el filtro de la imagen, la voz se vuelve pura emoción. Y cuando esa voz es la de un superviviente 50 años después, cada palabra pesa como una losa.
Frente al documental visual, que a veces cae en el efectismo de la recreación o la imagen de archivo, el sonoro exige un tipo de atención distinta. Más profunda. Más comprometida. Cierras los ojos y estás allí, en Zaramaga, oyendo los cascos de la policía, los gases, los disparos, los gritos.
Y luego, el silencio.
DÓNDE ESCUCHARLO Y CÓMO SUMARSE A LA MEMORIA
La memoria no sirve de nada si se queda encerrada en un estudio de grabación. Para eso está hecha: para circular, para compartirse, para incomodar en las conversaciones de sobremesa, para colarse en los audífonos del autobús de vuelta a casa.
Dónde escuchar
"3 de marzo. Memoria contra el olvido" está disponible en dos formatos, como si sus creadores hubieran querido tender un puente entre la tradición y el futuro:
- Radio Vitoria, en emisión tradicional, para quienes siguen fieles a la cita con el dial, para esos oyentes de toda la vida que quizá recuerdan aquella tarde de 1976 y ahora pueden completar el puzle.
- Guau, la plataforma de streaming vasca, para las nuevas generaciones, para quien prefiere elegir cuándo y dónde escuchar, para que la memoria viaje en el móvil como viajan las series y los podcasts.
El primer capítulo se emitió el 18 de febrero, pero esto es una serie. Diez entregas. Diez oportunidades para sumergirse. La recomendación de quienes lo han hecho es clara: escucha en orden. No es una colección de episodios independientes; es un viaje cronológico y emocional que necesita su tempo. Cada capítulo apoya al anterior, cada testimonio gana significado con lo ya escuchado.
Más allá del documental
Pero escuchar no es suficiente. O sí, lo es, pero puede ser el principio de algo más grande. El 50 aniversario ha reactivado una reivindicación que lleva años sobre la mesa: declarar la iglesia de San Francisco de Zaramaga lugar de memoria democrática. Que el escenario de la masacre deje de ser un templo silencioso para convertirse en un espacio de recuerdo oficial, con todo lo que eso implica: reconocimiento institucional, señalización, actos conmemorativos, y sobre todo, la certeza de que lo que allí ocurrió forma parte de la historia oficial de este país, no solo de la memoria clandestina de unos pocos.
Sumarse es fácil. Las asociaciones memorialistas del País Vasco han habilitado canales de apoyo. Una firma, un gesto, una asistencia a los actos programados. O simplemente hablar del documental, recomendarlo, compartirlo. Porque la memoria también se construye en el boca a boca, en el "tienes que escuchar esto", en el comentario que enciende una conversación en una cena.
La invitación final
Escuchar es recordar. Recordar es no repetir.
Suena a eslogan, lo sé. Pero los eslóganes, a veces, son verdad. Este documental no va a resucitar a los muertos. No va a llevar a nadie ante un juez. No va a cerrar heridas que llevan 50 años abiertas. Pero va a hacer algo quizá más importante a estas alturas: va a impedir que alguien pueda decir, dentro de unos años, "yo no sabía", "yo no me enteré", "eso no pasó".
Ahora ya no habrá excusas.
La memoria está ahí, en 10 episodios, esperando a que le prestemos los oídos.
CIERRE / EPÍLOGO
La iglesia de San Francisco de Zaramaga sigue en pie.
No es una catedral, no es un monumento, no aparece en las guías turísticas. Es un templo de barrio, de esos que pasan desapercibidos para quien no busca. Piedra oscura, líneas sencillas, una puerta que ha visto entrar y salir a generaciones de vecinos. Bodas, bautizos, comuniones. Y aquella tarde de marzo, también muerte.
Hoy, 50 años después, uno puede pasear por delante y no notar nada raro. Los niños juegan en las plazuelas cercanas. Los mayores hacen la compra en los supermercados de alrededor. El barrio sigue vivo, como si nada hubiera pasado.
Pero algo pasó.
Y quienes lo vivieron lo llevan tatuado en la memoria. En las arrugas que se marcan cuando hablan de aquello. En los silencios que se hacen más largos si alguien pregunta demasiado. En las fotografías guardadas en cajones que solo se abren en fechas señaladas.
Las paredes de la iglesia, al final, no guardan silencio. Lo que pasa es que hemos olvidado cómo escucharlas.
Las balas callaron aquella tarde. Las voces, 50 años después, siguen hablando.
Hablan en cada episodio del documental. En cada testimonio rescatado. En cada nieto que pregunta y cada abuelo que responde. En cada paso hacia esa declaración como lugar de memoria democrática que, quizá, algún día, convierta Zaramaga en lo que nunca debió dejar de ser: un recordatorio de lo que ocurre cuando el poder decide que los obreros sobran.
La memoria no resucita a los muertos. No devuelve a Pedro María a su familia, ni a Francisco a sus 17 años truncados, ni a Romualdo, José o Bienvenido a la vida que les robaron. Pero la memoria les da algo que ni las balas pudieron arrebatarles: la certeza de que no serán olvidados.
Y mientras haya alguien dispuesto a escuchar, mientras quede una oreja prestada, un altavoz encendido, un corazón que sepa conmoverse, ellos seguirán aquí.
No en la piedra de la iglesia.
En las voces que se niegan a callar.
Este artículo se ha elaborado a partir de la presentación del documental "3 de marzo. Memoria contra el olvido", la asistencia al acto del 17 de febrero de 2026 en el Palacio Villa Suso y el trabajo de documentación sobre la masacre del 3 de marzo de 1976. Puedes escuchar la serie completa en Radio Vitoria y en la plataforma Guau.

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