Extremismo Global 2026: La Nueva Arquitectura del Miedo

En 2001, los gobiernos más poderosos del mundo declararon la guerra al extremismo. Veinticinco años después, el extremismo es más sistémico, más global y más difícil de combatir que en el momento en que se lanzó esa guerra. El presupuesto global de defensa alcanzó en 2024 los 2,2 billones de dólares — el más alto de la historia, incluidos los años de la Guerra Fría — según el Stockholm International Peace Research Institute. Y el Global Terrorism Index documenta que la amenaza extremista en democracias occidentales crece más rápido que en zonas de conflicto activo.

La pregunta que el debate público sistemáticamente evita es la más obvia: si llevamos un cuarto de siglo gastando billones en combatir el extremismo y el extremismo es hoy una fuerza estructural que moldea elecciones, fronteras y la vida cotidiana de millones de personas, ¿cuándo empieza a ser legítimo preguntarse si el objetivo real era combatirlo?

El extremismo en 2026 no es un fenómeno que amenaza al orden global desde fuera. Es un fenómeno que ese mismo orden produce en sus zonas de fractura — la desigualdad sin respuesta, el fracaso estatal sistemático, las intervenciones militares que destruyen países y se van, los algoritmos diseñados para maximizar el engagement a cualquier coste emocional — y que ciertos actores dentro de ese orden tienen interés estructural en mantener activo.

Este análisis no pretende equiparar a las víctimas con sus verdugos, ni relativizar la violencia real que el extremismo produce. Pretende hacer lo que el debate de seguridad dominante no hace: mirar las causas, identificar a los beneficiarios y preguntar por qué las soluciones que funcionan son siempre las que menos se financian.

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La radicalización que cabe en un teléfono | La Verdad Compartida

🔄 La Mutación: Del Territorio al Algoritmo

La radicalización que cabe en un teléfono

El extremismo del siglo XX necesitaba infraestructura física: células organizadas, reuniones clandestinas, redes de captación en mezquitas, prisiones o barrios específicos. El proceso de radicalización tomaba meses o años y requería contacto humano sostenido. Esa infraestructura era rastreable, infiltrable y, en cierta medida, combatible.

El extremismo del siglo XXI cabe en un teléfono. Y eso lo cambia todo.

El Institute for Strategic Dialogue documentó que entre 2015 y 2023, más del 60% de los ataques terroristas en Occidente fueron ejecutados por individuos radicalizados primaria o exclusivamente a través de plataformas digitales, sin conexión organizacional previa con ningún grupo. El llamado "lobo solitario" no es un perfil psicológico excepcional: es el producto lógico de un ecosistema digital que puede llevar a un individuo aislado, resentido y vulnerable desde contenido de entretenimiento hasta propaganda violenta en pocas semanas de iteraciones algorítmicas.

Telegram, los servidores de Discord dedicados a comunidades extremistas, los foros de plataformas de videojuegos y los espacios de comentarios sin moderación efectiva funcionan como infraestructura de reclutamiento fuera del radar de los sistemas de moderación de las grandes plataformas. No es que las plataformas no lo sepan. Es que no tienen incentivo económico suficiente para resolverlo.

Las plataformas como infraestructura del extremismo

En octubre de 2021, Frances Haugen, ex empleada de Meta, entregó al Congreso americano y a varios medios de comunicación miles de documentos internos de la empresa. Lo que esos documentos revelaron no fue sorprendente para quienes llevaban años investigando el tema, pero fue devastador como confirmación oficial: Meta sabía que sus algoritmos de recomendación amplificaban el extremismo, la desinformación y el discurso de odio, y eligió no intervenir de forma efectiva porque hacerlo reduciría el tiempo de uso de la plataforma.

El modelo de negocio de las redes sociales basado en maximizar el engagement favorece estructuralmente el contenido emocionalmente intenso. La indignación, el miedo y el odio generan más clics, más tiempo de pantalla y más interacciones que el contenido neutro o constructivo. Los algoritmos de recomendación de YouTube, documentados por investigadores del Center for Humane Technology, llevan sistemáticamente a contenido más extremo en cada iteración: quien ve un vídeo crítico con la inmigración recibe a continuación uno más radical; quien consume contenido conspirativo recibe después contenido que lo confirma y lo amplifica.

Meta, YouTube y X no son víctimas inocentes del extremismo que circula en sus plataformas. Son, en términos técnicos precisos, su infraestructura de distribución. Y su modelo de negocio depende de que esa distribución sea lo más eficiente posible.

La desinformación como combustible

Por encima de los contenidos individuales está el ecosistema que los hace posibles: la fragmentación de la realidad compartida. Cuando no existen hechos comunes aceptados por la mayoría, el conflicto político deja de ser un debate sobre soluciones y se convierte en una guerra entre realidades incompatibles. Y en ese terreno, el extremismo prospera porque puede construir su propia versión de los hechos sin que ningún árbitro externo sea reconocido como legítimo.

Bots coordinados, deepfakes cada vez más sofisticados, cámaras de eco algorítmicas e influencers radicalizados con millones de seguidores componen la maquinaria técnica de esa fragmentación. El Stanford Internet Observatory y el Atlantic Council Digital Forensic Research Lab han documentado operaciones de desinformación coordinada que amplificaron narrativas extremistas durante procesos electorales en más de veinte países entre 2020 y 2024.

Hay, sin embargo, un dato que estos informes raramente enfatizan: los mismos gobiernos que denuncian las operaciones de desinformación enemigas financian las propias. Los documentos del Integrity Research Unit del gobierno británico, parcialmente desclasificados en 2023, confirmaron la existencia de programas de influencia digital dirigidos a poblaciones extranjeras con técnicas estructuralmente idénticas a las que Londres denuncia cuando las practican Moscú o Pekín. La desinformación no tiene ideología. Tiene presupuesto.

🌍 Las Geografías del Extremismo: Cuatro Escenarios, Una Lógica

Oriente Medio: la guerra como fábrica permanente de radicalización

En 2019, la coalición internacional liderada por Estados Unidos declaró la derrota territorial del ISIS. El califato había perdido el 98% de su territorio. Los titulares celebraron la victoria. Lo que los titulares no explicaron es que una organización que ha perdido el territorio no ha perdido la ideología, la red de financiación ni la capacidad de adaptación.

Según el informe del Secretario General de la ONU al Consejo de Seguridad de 2024, el ISIS mantiene entre 5.000 y 7.000 combatientes activos en Iraq y Siria, opera células en más de 30 países y ha expandido su presencia en el Sahel africano hasta convertirse en la franquicia extremista de mayor crecimiento en esa región. La organización perdió un Estado. Ganó una red global descentralizada.

La razón estructural de esa resiliencia es incómoda de nombrar: Iraq lleva más de 35 años de conflicto prácticamente continuo. Una generación entera de iraquíes ha crecido sin estabilidad, sin instituciones que funcionen y sin perspectivas de movilidad social. En ese contexto, los grupos extremistas no necesitan convencer a nadie de que el sistema es injusto. Solo necesitan ofrecer una narrativa sobre quién tiene la culpa y una comunidad donde esa narrativa tenga sentido.

La invasión americana de 2003 — basada en afirmaciones sobre armas de destrucción masiva que resultaron ser falsas — desmanteló el Estado iraquí, disolvió el ejército y creó el vacío de poder en el que Al-Qaeda en Iraq, y después el ISIS, encontraron su espacio. Como documenta la investigación de RAND Corporation sobre las consecuencias de la intervención, la guerra no combatió el extremismo en Iraq: lo produjo. La invasión de Iraq: la mentira que costó un millón de vidas

África: la expansión que Occidente no mira

Entre 2020 y 2023, tres países del Sahel central — Mali, Burkina Faso y Níger — sufrieron golpes de Estado militares. Los tres compartían el mismo contexto: expansión extremista imparable, colapso de la autoridad estatal en zonas rurales y una presencia militar francesa que llevaba años sin revertir ninguna de esas tendencias. La población de los tres países apoyó mayoritariamente los golpes. Eso no los convierte en golpes democráticos, pero sí dice algo sobre el nivel de fracaso de las instituciones previas.

En la cuenca del lago Chad, Boko Haram y su escisión ISWAP —Provincia del África Occidental del Estado Islámico— han causado más de 40.000 muertos documentados desde 2009, desplazado a más de dos millones de personas y destruido la economía agrícola de una región que ya era una de las más pobres del mundo, según los datos del Armed Conflict Location and Event Data Project (ACLED).

En el Cuerno de África, Al-Shabaab controla territorios equivalentes a la mitad de Somalia, recauda impuestos sobre el comercio, opera sus propios tribunales y recluta con una sofisticación administrativa que supera a la del Estado somalí en muchas zonas rurales. No es solo una organización terrorista. Es, funcionalmente, un Estado paralelo en territorios donde el Estado oficial nunca llegó o llegó solo para extraer recursos.

El factor que el análisis occidental raramente incluye en su diagnóstico es la huella colonial: las fronteras artificiales que dividen grupos étnicos y lingüísticos entre varios Estados, la extracción de recursos sin desarrollo local, los Estados construidos para servir a las metrópolis antes que a sus poblaciones. El extremismo en el Sahel no surge a pesar del contexto histórico. Surge precisamente de él.

Y la cobertura mediática que reciben estas crisis es inversamente proporcional a su magnitud humana. Un atentado en París o Londres genera semanas de análisis en los medios occidentales. Las masacres del Sahel, con cifras de víctimas comparables o superiores, merecen notas informativas de dos párrafos. Esa asimetría no es inocente: define qué vidas cuentan y qué conflictos merecen recursos.

Europa y EE.UU.: el extremismo que viene de dentro

En agosto de 2019, un hombre de 21 años condujo nueve horas desde Dallas hasta El Paso para atacar un centro comercial en una ciudad de mayoría hispana. Mató a 23 personas. Antes del ataque, publicó un manifiesto online que describía la inmigración hispana como una "invasión" y citaba explícitamente el ataque de Christchurch, Nueva Zelanda, ocurrido cinco meses antes, como inspiración.

Christchurch, El Paso, el ataque de Buffalo en 2022 — donde un joven de 18 años mató a diez personas en un supermercado de un barrio afroamericano con un manifiesto sobre la "teoría del gran reemplazo" — son los casos más visibles de una tendencia que el FBI lleva años documentando: el supremacismo blanco es la amenaza terrorista doméstica de más rápido crecimiento en Estados Unidos, responsable de más ataques letales en territorio americano entre 2015 y 2023 que el extremismo yihadista doméstico.

La paradoja de la respuesta es documentable con precisión: los gobiernos que destinaron billones a combatir el yihadismo tardaron años en clasificar al supremacismo blanco como amenaza terrorista equivalente. La administración Trump eliminó en 2017 el programa federal Countering Violent Extremism (CVE), que incluía financiación para combatir el extremismo de derecha, y lo reconvirtió en un programa centrado exclusivamente en el extremismo islamista. El extremismo supremacista siguió creciendo. El recorte era difícilmente accidental.

En Europa, el fenómeno adquiere una dimensión adicional: la normalización progresiva de retóricas que hace una década eran exclusivas de grupos clasificados como extremistas. Alternativa para Alemania, Fratelli d'Italia, el Rassemblement National en Francia, Vox en España — partidos con representación parlamentaria que han trasladado al debate institucional posiciones sobre inmigración, identidad nacional y orden público que en los años 90 eran el territorio exclusivo de la ultraderecha marginal. La pregunta no es si esos partidos son terroristas. La pregunta es qué ocurre cuando el extremismo se vuelve electoral.

Asia: los nacionalismos que el mundo prefiere no ver

En agosto de 2017, el ejército de Myanmar lanzó lo que la ONU describió posteriormente como una campaña de limpieza étnica contra la población rohingya del estado de Rakhine. En menos de un año, más de 700.000 personas huyeron a Bangladesh. Las investigaciones de la Misión Independiente de Investigación de la ONU documentaron aldeas quemadas sistemáticamente, masacres, violencia sexual como arma de guerra y lo que los investigadores calificaron como crímenes contra la humanidad y posible genocidio.

El actor central de esa violencia no era un grupo terrorista clandestino. Era el ejército de un Estado. Y ese extremismo de Estado, alentado por un nacionalismo budista militante que presentaba a los rohingya como amenaza existencial para la identidad birmana, no recibió ni la décima parte de la atención mediática ni la presión diplomática que habría recibido si el perpetrador hubiera sido un grupo islamista.

En India, el ascenso del nacionalismo hindú bajo el BJP ha sido acompañado de un incremento documentado de la violencia sectaria contra minorías musulmanas y cristianas. Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado casos de linchamientos, destrucción de mezquitas y discurso de odio institucionalizado desde posiciones de gobierno. En Sri Lanka, el atentado de Pascua de 2019 — que mató a más de 260 personas — mostró cómo la radicalización yihadista puede desarrollarse en países sin conflicto previo equivalente cuando existen comunidades que se sienten excluidas y redes transnacionales de captación activas.

El patrón común en toda Asia es preciso: la instrumentalización política del extremismo religioso por actores estatales o paraestatales que lo utilizan para consolidar poder interno y que después, inevitablemente, pierden el control de lo que crearon.

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El negocio que necesita la amenaza | La Verdad Compartida

💰 La Economía del Miedo: Quién Gana con el Extremismo

La industria que necesita la amenaza

El gasto militar global en 2024 alcanzó 2,2 billones de dólares, según el SIPRI. Para poner esa cifra en perspectiva: es suficiente para financiar diez veces el presupuesto anual del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, que alimenta a 150 millones de personas. Es más del doble de lo que se gastaba en defensa en el año 2000, antes de que comenzara la Guerra contra el Terror.

La correlación entre ataques terroristas y rendimiento bursátil de las empresas de defensa está documentada con la precisión de un estudio financiero. Cada ataque mayor genera un incremento promedio del 3 al 5% en el precio de acciones de empresas como Lockheed Martin, Raytheon, BAE Systems o Northrop Grumman en los días siguientes. Los analistas financieros lo llaman el "efecto terrorismo" sobre el sector defensa. Es, en términos económicos, un mecanismo de transferencia de miedo social en valor accionarial.

Esto no significa que esas empresas organicen atentados. Significa algo más sutil y más estructural: tienen un interés objetivo en que la percepción de amenaza se mantenga elevada, en que los presupuestos de defensa no bajen, en que los conflictos se prolonguen antes que resolverse. Como documentó William Hartung del Center for International Policy, los principales contratistas de defensa americanos gastaron colectivamente más de 100 millones de dólares en lobbying en Washington entre 2020 y 2024. No para que hubiera más guerras, sino para que los presupuestos que las financian no disminuyeran.

La vigilancia masiva: el extremismo como justificación permanente

El 11 de septiembre de 2001 fue seguido, en menos de 45 días, por la aprobación de la Patriot Act, que expandió de forma dramática las capacidades de vigilancia del gobierno americano sobre sus propios ciudadanos. Fue el primer eslabón de una cadena que Edward Snowden completó en 2013 cuando reveló la existencia del programa PRISM de la NSA: un sistema de vigilancia masiva que monitorizaba las comunicaciones digitales de millones de ciudadanos americanos y extranjeros sin orden judicial individualizada.

El patrón se ha repetido después de cada ataque mayor en democracias occidentales: el atentado proporciona la justificación política para expandir capacidades de vigilancia que en condiciones normales no resistirían el debate parlamentario. Francia aprobó legislación de vigilancia expandida tras los atentados de 2015. El Reino Unido hizo lo mismo. España, Alemania, los Países Bajos.

Lo que la narrativa de seguridad no menciona es el uso posterior de esas herramientas. Los documentos de Snowden, los informes de Privacy International y las investigaciones de la Electronic Frontier Foundation documentan sistemáticamente que las capacidades de vigilancia creadas para combatir el terrorismo se usan de forma rutinaria contra activistas, periodistas, abogados de derechos humanos y disidentes políticos. En más de 50 países documentados por Amnistía Internacional, la legislación antiterrorista se ha aplicado contra personas que no tienen ninguna conexión con el extremismo violento.

La comparación que Occidente prefiere no hacer es precisa: la arquitectura de vigilancia masiva que Estados Unidos, el Reino Unido o Francia han construido usando el extremismo como justificación opera con lógicas técnicas idénticas a la que esos mismos países denuncian en China o Rusia. La diferencia no es estructural. Es narrativa.

La polarización como negocio político

El extremismo no solo genera negocio para la industria armamentística. Genera negocio político para los actores que necesitan enemigos para movilizar a sus bases electorales.

La retórica del "choque de civilizaciones" — la idea de que existe un conflicto inevitable entre el Islam y Occidente — ha sido uno de los activos electorales más rentables de la política occidental desde 2001. Partidos y candidatos que construyeron sus campañas sobre el miedo al extremismo islamista ganaron elecciones en Francia, Italia, Hungría, Polonia, Estados Unidos y media Europa entre 2016 y 2024. El miedo funciona electoralmente con una eficacia que los datos confirman elección tras elección.

La ironía documentable es que los mismos actores políticos que más capitalizaron electoralmente ese miedo fueron también los que más recortaron los programas de prevención de radicalización. La administración Trump eliminó el programa federal CVE en 2017. Varios gobiernos europeos de derecha recortaron sistemáticamente los programas de cohesión social en barrios con alta concentración de población inmigrante. Los programas que combaten las causas del extremismo son exactamente los que el extremismo electoralmente rentable necesita que no funcionen.

🧠 La Dimensión Humana: Miedo, Identidad y el Fracaso del Estado

Las tres emociones que el extremismo no inventa: explota

El error más frecuente en el análisis del extremismo es tratar las emociones que lo alimentan como irracionales o manipuladas. No lo son. Son respuestas comprensibles a condiciones reales, y el extremismo las explota precisamente porque no las inventa.

El miedo que alimenta la radicalización no es abstracto. Es el miedo concreto y documentable a la precariedad laboral en economías que han destruido el empleo estable para las generaciones más jóvenes. Es el miedo al desplazamiento cultural en comunidades que sienten que su identidad no tiene representación en las instituciones. Es el miedo a la violencia estructural — policial, económica, burocrática — que el Estado ejerce sobre determinadas poblaciones sin consecuencias.

La humillación es, según la politóloga Dominique Moïse en The Geopolitics of Emotion, el motor emocional más potente de la radicalización colectiva. No la pobreza como dato estadístico, sino la sensación de que el sistema te ve, te evalúa y te descarta. Las comunidades que producen más radicalizados en Francia, Bélgica o el Reino Unido no son necesariamente las más pobres en términos absolutos. Son las que combinan privación material con invisibilidad política y discriminación sistémica documentada.

La pertenencia es quizás la más subestimada de las tres. Los grupos extremistas ofrecen lo que los Estados posmodernos han dejado de garantizar a sus ciudadanos más vulnerables: comunidad real, propósito colectivo, narrativa que dé sentido a la propia experiencia y una identidad que se sienta sólida en un mundo percibido como caótico. Esto no justifica el extremismo. Lo explica. Y la diferencia entre justificar y explicar es exactamente la diferencia entre hacer política útil y hacer retórica electoral.

El fracaso del Estado como condición previa

Los barrios franceses con mayor tasa de radicalización documentada — Seine-Saint-Denis, las banlieues del norte de Marsella, determinadas zonas de Lyon — son también los que tienen el mayor desempleo juvenil, los peores servicios públicos, la mayor distancia entre su representación política formal y sus necesidades reales. No es una correlación accidental. Es la descripción de cómo funciona la exclusión estructural.

El modelo de integración europeo prometió movilidad social a las generaciones hijas de la inmigración postcolonial. Cuando esa promesa no se cumplió — cuando el hijo del inmigrante magrebí descubrió que su apellido le cerraba puertas en el mercado laboral, que su barrio tenía peores escuelas, que la policía lo trataba de forma diferente — el resentimiento generado no fue irracional. Fue la respuesta lógica a una promesa incumplida. Y ese resentimiento es exactamente el combustible que el extremismo necesita.

Lo mismo aplica en las reservas indígenas americanas, en las periferias urbanas latinoamericanas, en las zonas rurales del Sahel abandonadas por Estados que solo llegan a cobrar impuestos. El extremismo no surge donde hay pobreza. Surge donde hay pobreza más promesa incumplida más ausencia de representación política más percepción de que la violencia es la única forma de ser escuchado.

La respuesta que no funciona — y por qué sigue siendo la dominante

La RAND Corporation publicó en 2023 una revisión sistemática de los programas de desradicalización y prevención del extremismo implementados en democracias occidentales desde 2001. La conclusión fue inequívoca: los programas basados exclusivamente en securitización — más vigilancia, más restricciones, más deportaciones — no reducen la radicalización. La desplazan. Generan comunidades más herméticas, menos dispuestas a cooperar con las autoridades y más susceptibles a narrativas de persecución que el extremismo aprovecha.

Los programas con evidencia de efectividad documentada son los que trabajan sobre las causas: cohesión social, empleabilidad, participación política, trabajo comunitario, educación crítica, representación institucional. El Radicalisation Awareness Network de la Unión Europea lleva años catalogando intervenciones con resultados medibles en reducción de la radicalización. Existen. Funcionan. Y son sistemáticamente los primeros en ser recortados cuando hay presión presupuestaria o cuando el clima político favorece la retórica dura.

La razón por la que la respuesta que no funciona sigue siendo la dominante no es ignorancia. Es que funciona para otros objetivos: justifica presupuestos de defensa, genera imagen de firmeza electoral y mantiene activa la percepción de amenaza que alimenta toda la cadena económica y política descrita más arriba. La respuesta ineficaz es ineficaz para combatir el extremismo. Es muy eficaz para todo lo demás.

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25 años combatiendo el extremismo. El extremismo ganó. | La Verdad Compartida

📊 El Extremismo en Cifras — 2024-2025

Indicador Dato Fuente
Gasto militar global 2024 2,2 billones de dólares — récord histórico SIPRI 2024
Combatientes ISIS activos estimados 5.000–7.000 núcleo; células en +30 países Informe SG ONU 2024
Mayor amenaza terrorista doméstica EE.UU. Supremacismo blanco (supera al yihadismo desde 2015) FBI Threat Assessment 2023
Víctimas Boko Haram / ISWAP desde 2009 +40.000 muertos documentados ACLED
Desplazados por conflictos con componente extremista +50 millones de personas UNHCR 2024
Países donde legislación antiterrorista se usó contra activistas +50 países documentados Amnistía Internacional
Ataques radicalizados online (Occidente, 2015–2023) +60% sin conexión organizacional previa Institute for Strategic Dialogue

🔍 Lo que las Cifras No Dicen — y el Debate Público Tampoco

El extremismo en 2026 es sistémico no porque los seres humanos sean más violentos que en generaciones anteriores, sino porque las condiciones que lo producen — desigualdad estructural, fracaso institucional, algoritmos diseñados para maximizar la indignación, intervenciones militares que destruyen Estados y se van — son más intensas y más globalmente distribuidas que en cualquier momento reciente.

Hay soluciones. No son secretas ni experimentales. Los programas de cohesión social con evidencia de efectividad existen y están documentados. La regulación de plataformas digitales que reduzca la amplificación algorítmica del odio es técnicamente posible — varios países europeos han comenzado a implementarla bajo la Digital Services Act. La reducción de desigualdades que elimina el resentimiento en el que el extremismo se radica es una política conocida. La reconstrucción de instituciones creíbles que ofrezcan lo que los grupos extremistas ofrecen — comunidad, propósito, narrativa — es un objetivo alcanzable.

Lo que no existe es la voluntad política de implementar esas soluciones a escala, porque implementarlas reduciría la amenaza y con ella los presupuestos de defensa, las justificaciones para la vigilancia masiva y la rentabilidad electoral del miedo. El extremismo es un problema que el sistema sabe resolver. Es un problema que ciertos actores dentro del sistema necesitan no resolver.

Esa es la arquitectura del miedo en 2026. No es una conspiración. Es una estructura de incentivos. Y nombrarla con precisión es el primer paso para desactivarla.

Si los gobiernos más poderosos del mundo llevan 25 años gastando billones en combatir el extremismo y el extremismo es hoy más sistémico que en 2001, ¿cuándo empieza a ser legítimo preguntar si el objetivo real era combatirlo?

💬 Tu Turno

¿Crees que los gobiernos occidentales tienen un interés real en eliminar el extremismo o en gestionarlo como amenaza permanente que justifica sus agendas de seguridad y defensa? ¿Qué te parece más revelador: que el extremismo crezca donde los Estados fallan, o que los Estados con más recursos para prevenirlo sean los que menos invierten en sus causas estructurales? ¿Conoces casos donde programas de prevención efectivos hayan sido recortados mientras se expandía el presupuesto de vigilancia?

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