Introducción
Si has seguido esta serie en "La Verdad Compartida" ya conoces la historia del Estrecho de Ormuz, donde un viento geopolítico de nombre iraní puede paralizar una quinta parte del petróleo mundial, y la del Canal de Suez, donde un portacontenedores mal maniobrado costó entre 6.000 y 10.000 millones de dólares en seis días. Ahora toca la tercera garganta del sistema, la que cierra el triángulo de vulnerabilidades estructurales del comercio global: el Canal de Panamá. 80 kilómetros de agua que conectan el Atlántico con el Pacífico, que mueven el 5% del comercio mundial y que en 2023 estuvieron a punto de colapsar no por un misil, no por un barco encallado, sino por algo mucho más inquietante en su cotidianeidad: la lluvia que no llegó. Que una de las infraestructuras más críticas del sistema económico global dependa literalmente de que llueva lo suficiente en una selva centroamericana es la metáfora perfecta de un sistema diseñado para la eficiencia máxima y la resiliencia mínima. Y lo que viene después de esa metáfora es aún más incómodo: Trump queriendo recuperar el canal, China comprando puertos alrededor de él y el cambio climático convirtiendo las sequías excepcionales en la nueva normalidad.
🏗️ La obra de ingeniería que cambió el mundo: historia y geopolítica de Panamá
La historia del Canal de Panamá es, como la de Suez, una historia colonial antes que una historia de ingeniería. Durante gran parte del siglo XX, el Canal de Panamá fue una pieza de ajedrez geopolítica. La Zona del Canal era territorio estadounidense y un punto álgido del sentimiento anticolonial en Centroamérica. En las décadas de 1960 y 1970, el resentimiento panameño se intensificó, culminando en los disturbios de la bandera de 1964. Los enfrentamientos entre panameños y fuerzas estadounidenses se saldaron con múltiples víctimas.
En 1977, los Tratados Torrijos-Carter establecieron un plan de transición por fases que transfirió el control del Canal a Panamá en 1999, lo que marcó un cambio importante en las relaciones entre Estados Unidos y Panamá. Fue uno de los gestos diplomáticos más generosos de la política exterior estadounidense del siglo XX, y también uno de los más impopulares en ciertos sectores de Washington. Trump hizo declaraciones sobre el canal de Panamá, insinuando que Estados Unidos nunca debió haber cedido el control del canal en 1999, cuando pasó a manos panameñas en virtud de los Tratados Torrijos-Carter. Lo que Trump llama un error histórico, los panameños llaman recuperación de su soberanía. Y esa tensión semántica resume perfectamente el problema: para Washington, el canal es una infraestructura estratégica que debería controlar. Para Panamá, es su identidad nacional.
El Canal de Panamá, con sus 82 km de longitud, permite el paso de entre 13.000 y 14.000 barcos al año. Aunque solo representa cerca del 5% del comercio mundial, es fundamental para Estados Unidos, ya que el 40% de los contenedores estadounidenses pasan por el canal. Sin el canal, los barcos tendrían que bordear toda Sudamérica, añadiendo entre 8.000 y 10.000 km al trayecto. Una alternativa que existe en teoría y que en la práctica nadie elige voluntariamente, igual que con el Cabo de Buena Esperanza en el caso de Suez.
⚙️ Cómo funciona el canal: el ingenio y su talón de Aquiles
Para entender por qué la sequía de 2023 fue tan devastadora hay que entender primero cómo funciona el canal, porque su mecanismo de operación contiene la semilla de su propia vulnerabilidad. Su funcionamiento se basa en un sistema de esclusas que eleva a los barcos a través de lagos artificiales, como el Gatún, situados a alrededor de 26 metros sobre el nivel del mar, y luego los desciende de nuevo hasta el océano. Cada tránsito requiere enormes cantidades de agua dulce: alrededor de 200 millones de litros por barco. Esa agua procede directamente de los lagos y ríos que nutren la cuenca hidrográfica del canal.
Eso significa que el Canal de Panamá no es solo una obra de ingeniería civil: es un sistema hidráulico que depende completamente de la disponibilidad de agua dulce. El lago Gatún, principal fuente de agua dulce para el canal y para miles de residentes de Ciudad de Panamá y Colón, registró en enero de 2024 su nivel más bajo desde que existen registros, con casi dos metros menos que el promedio habitual. Y aquí está el detalle que más incomoda a los ingenieros y a los economistas por igual: las esclusas vierten unos 200 millones de litros de agua dulce al mar por cada buque que transita. Agua que no vuelve. Agua que se pierde en el océano con cada barco que cruza. Un sistema diseñado en 1914, cuando nadie hablaba de cambio climático ni de sequías cíclicas, y que hoy opera en un contexto climático radicalmente distinto al que sus constructores imaginaron.
🌵 2023: cuando la lluvia que no llegó paró el comercio mundial
La sequía de 2023, la peor en 150 años, obligó a reducir drásticamente el tráfico por el canal. Los números cuentan la historia mejor que cualquier análisis: la Autoridad del Canal de Panamá reportó una dramática reducción del 29% en el número de buques que cruzaron la vía interoceánica, descendiendo de 14.080 a apenas 9.944 tránsitos, debido a los efectos de una intensa sequía que redujo los niveles de los reservorios de agua dulce esenciales para su operación. Esta caída coincidió con una disminución del 17% en el volumen transportado, de 511 a 423 millones de toneladas. La situación fue tan grave que se llegaron a imponer restricciones que limitaron el tránsito diario de buques; en su punto más crítico, a solo 22 buques por día en lugar de los 38 habituales.
En 2023, las autoridades del Canal de Panamá registraron la menor cantidad de lluvias para el mes de octubre desde 1950, debido a la persistente sequía causada por el fenómeno de El Niño. Las precipitaciones del décimo mes del año fueron un 41% menores que el promedio histórico, llevando el nivel del lago Gatún a mínimos históricos para esta época del calendario. Y lo que hace especialmente perturbador este dato es la tendencia que revela: históricamente, los grandes episodios de sequía se producían en Panamá aproximadamente una vez cada 20 años. Pero el país ha experimentado tres en menos de tres décadas. Lo excepcional se está convirtiendo en recurrente. Y el sistema, diseñado para manejar excepciones ocasionales, no está preparado para gestionar una nueva normalidad climática.
Las consecuencias económicas fueron inmediatas y cuantificables. La pérdida de ingresos en el año fiscal 2023-2024 por las restricciones se estimó entre 500 y 700 millones de dólares. Pero el impacto real va mucho más allá de los ingresos del canal: las tarifas de transporte marítimo aumentaron un 15% en algunos segmentos debido a las restricciones, impactando directamente en los costos de importación y exportación en mercados clave. Una vez más, la lógica que ya vimos con el Ever Given y con Ormuz: un problema localizado en un corredor estratégico se convierte en inflación para los consumidores a miles de kilómetros de distancia.
🇨🇳🇺🇸 La nueva guerra fría del canal: Trump, China y la batalla por el control
Si la sequía es la amenaza climática al canal, la tensión entre Estados Unidos y China es su amenaza geopolítica. Y las dos convergen en un punto de fricción que podría redefinir el equilibrio de poder en el hemisferio occidental durante las próximas décadas. La creciente tensión entre Estados Unidos y China ha puesto al canal en el centro de una nueva guerra fría. El 40% del comercio entre China y la costa este de Estados Unidos pasa por el canal. China ha invertido miles de millones en proyectos logísticos y portuarios alrededor del canal, lo que ha alarmado a Washington.
Desde octubre de 2023 hasta septiembre de 2024, China representó el 21,4% del volumen de carga que transitó por el Canal, lo que la convierte en el segundo usuario más importante después de Estados Unidos. Pekín también ha estado invirtiendo en los puertos panameños, lo que ha suscitado preocupaciones sobre quién tiene más influencia. Para Washington, esa presencia china alrededor del canal no es comercio: es geopolítica disfrazada de inversión. Para Pekín, es exactamente lo mismo que hace Estados Unidos en medio mundo: asegurar sus intereses estratégicos donde el comercio lo requiere.
Como consecuencia de la importancia del canal para la economía mundial, el gobierno panameño se ha visto en el centro de la agresiva postura de Trump hacia América Latina y sus relaciones con China. Trump ha llegado a amenazar con recuperar el control del canal, una afirmación que las autoridades panameñas rechazaron con una contundencia que no admite ambigüedades: el canal es panameño, fue siempre panameño y seguirá siendo panameño. Las amenazas de Trump resuenan en Panamá, donde el canal forma parte de su identidad nacional, y garantizar su supervivencia a medida que la crisis climática se une a la agitación geopolítica se considera una tarea exclusivamente panameña.
🌡️ El futuro: cuando el cambio climático se convierte en la mayor amenaza
Si Trump es la amenaza geopolítica y la sequía de 2023 fue la advertencia climática, los modelos científicos sobre el futuro del lago Gatún son la amenaza existencial de largo plazo que ningún gobierno quiere afrontar con la honestidad que merece. Los resultados del estudio son contundentes: si las emisiones continúan en aumento, la frecuencia de sequías extremas como la de 2023 podría duplicarse hacia finales del siglo XXI. Los escenarios de mayores emisiones muestran que la disminución de lluvias durante la temporada húmeda de Panamá será el factor de riesgo más relevante, con una reducción de hasta 50 milímetros de precipitación mensual entre mayo y agosto.
Las soluciones que se estudian son tan reveladoras como el problema mismo. La principal solución propuesta consiste en represar el río Indio, al oeste del lago Gatún, para luego perforar un túnel a través de la montaña y conducir el agua ocho kilómetros hasta el embalse principal, afectando a unas 2.500 personas que habitan la zona. Desplazar a 2.500 personas para garantizar que los portacontenedores puedan seguir cruzando. El sistema económico global, en su búsqueda de soluciones a sus propias vulnerabilidades, genera nuevas vulnerabilidades humanas. Un círculo que se cierra siempre sobre los mismos: los que tienen menos poder y menos voz.
🔺 Las tres gargantas: un sistema diseñado para fallar
Llegados a este punto, la trilogía completa revela algo que ninguno de los tres artículos podría mostrar por separado: el sistema del comercio global no tiene una garganta. Tiene tres. Y las tres están bajo presión simultánea, por razones distintas pero con el mismo resultado potencial.
Ormuz puede cerrarse si Irán decide que le conviene hacerlo. Suez puede bloquearse por un viento cruzado o por drones hutíes. Panamá puede restringirse si no llueve lo suficiente en una selva centroamericana. Las tres vulnerabilidades son estructurales, no accidentales. Las tres llevan décadas siendo conocidas. Y las tres siguen sin tener solución real porque la solución real —diversificar las rutas, reducir la dependencia de corredores únicos, construir resiliencia en lugar de eficiencia— es más cara en el corto plazo que seguir apostando por que nada falle.
Esa apuesta ha funcionado la mayor parte del tiempo. El Ever Given, la sequía de 2023 y los hutíes en el Mar Rojo son los recordatorios de cuánto cuesta cuando no funciona. Y la pregunta que esos tres episodios simultáneos dejan sobre la mesa es si el sistema tiene capacidad de aprender antes de que los tres fallen a la vez. La historia de la globalización sugiere que la respuesta es no. Que aprendemos después de la catástrofe, no antes. Y que la catástrofe, en este caso, tendría un precio que se mediría en billones, no en miles de millones.
Para seguir la actualidad del canal con datos verificados, la Autoridad del Canal de Panamá publica estadísticas de tráfico en tiempo real y los informes más actualizados sobre el estado del lago Gatún. Y el análisis geopolítico más riguroso sobre la disputa Estados Unidos-China en torno al canal puede consultarse en el Real Instituto Elcano, que ha dedicado varios análisis recientes a la dimensión estratégica del corredor centroamericano.
💭 Reflexión final
Hay algo que une a Ormuz, Suez y Panamá más allá de su función como corredores del comercio global: los tres son ejemplos perfectos de cómo el sistema económico mundial ha externalizado sus riesgos hacia puntos geográficos que no eligieron ser estratégicos y que no tienen capacidad real de protegerse solos. Irán no eligió estar junto a Ormuz. Egipto no eligió que Suez fuera indispensable. Panamá no eligió que su lago Gatún fuera el talón de Aquiles del comercio mundial. Y sin embargo, sobre esos tres puntos descansa buena parte del bienestar económico del planeta, sin que ninguna institución internacional tenga un plan real para el día en que los tres fallen a la vez.
¿Crees que el comercio global puede reformarse para ser menos dependiente de corredores únicos, o la lógica de la eficiencia siempre ganará a la resiliencia mientras los costes alternativos sean tan altos? ¿Y quién debería pagar la factura de construir esa resiliencia: los países que albergan las gargantas o los que se benefician de que permanezcan abiertas? Deja tu respuesta en los comentarios.
📢 CALL TO ACTION
Con este artículo cerramos la trilogía de las gargantas del comercio mundial. Si has llegado hasta aquí, ya tienes el mapa completo de las vulnerabilidades estructurales del sistema económico global. Comparte los tres artículos con alguien que crea que la globalización es un sistema robusto y demuéstrale que descansa sobre tres puntos sorprendentemente frágiles. Suscríbete a "La Verdad Compartida" y no te pierdas ninguna entrega.
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✍️ Nota Editorial
Con este artículo "La Verdad Compartida" cierra una trilogía que ha recorrido las tres gargantas del sistema económico global: Ormuz, Suez y Panamá. Tres corredores, tres vulnerabilidades, un mismo sistema que el mundo da por sentado hasta que deja de funcionar. Gracias por acompañarnos hasta el final de esta serie. Si te ha hecho ver el mundo con otros ojos, hemos cumplido nuestra misión.

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