La Escuela de las Américas entrenó militares latinoamericanos responsables de dictaduras, torturas y desapariciones en toda la región.
Durante décadas, miles de militares latinoamericanos cruzaron las puertas de una institución que cambiaría el destino de sus países: la Escuela de las Américas. Oficialmente dedicada a la "cooperación de defensa hemisférica", esta academia militar estadounidense se convirtió en el semillero de algunos de los peores violadores de derechos humanos del continente. Desde Guatemala hasta Argentina, pasando por Chile, El Salvador y Honduras, sus graduados protagonizaron golpes de estado, dirigieron escuadrones de la muerte y perfeccionaron técnicas de tortura. ¿Cómo fue posible que una institución respaldada por el gobierno de Estados Unidos dejara tal legado de sangre y represión? La historia de esta escuela es también la historia de la Guerra Fría en nuestro continente, donde la lucha contra el comunismo justificó alianzas con lo más oscuro del autoritarismo militar.
🏫 Los orígenes: del Canal de Panamá a Georgia
La Escuela de las Américas nació en 1946 en Panamá, inicialmente como Latin American Training Center-Ground Division, con el objetivo declarado de profesionalizar las fuerzas armadas latinoamericanas y promover la cooperación militar regional. Su ubicación en la Zona del Canal no era casual: Estados Unidos buscaba mantener su influencia en una región estratégica durante el naciente orden mundial de posguerra.
En 1963, la institución adoptó oficialmente el nombre de School of the Americas, consolidándose como el principal centro de entrenamiento militar estadounidense para oficiales latinoamericanos. El programa se expandió dramáticamente durante los años sesenta y setenta, coincidiendo con la intensificación de la Guerra Fría y el temor estadounidense a la expansión del comunismo tras la Revolución Cubana de 1959.
En 1984, la escuela fue trasladada a Fort Benning, Georgia, donde continuó operando hasta el año 2000. Durante más de medio siglo, aproximadamente 64,000 militares y policías latinoamericanos recibieron instrucción en sus aulas, según datos del Departamento de Defensa de Estados Unidos. El cambio de ubicación no alteró su misión fundamental: formar a las fuerzas de seguridad del hemisferio en técnicas de contrainsurgencia, operaciones de combate e inteligencia militar.
📚 El currículo del terror: qué se enseñaba realmente
Durante décadas, el contenido exacto de los manuales de la Escuela de las Américas permaneció clasificado. Sin embargo, en 1996, el Pentágono se vio obligado a desclasificar varios de estos documentos tras la presión del Congreso y organizaciones de derechos humanos. Lo que revelaron fue inquietante.
Los manuales incluían instrucciones sobre técnicas de interrogatorio que violaban convenciones internacionales, métodos para extraer información mediante coerción, y estrategias de contrainsurgencia que no distinguían entre combatientes y población civil. Uno de los documentos, titulado "Manejo de Fuentes", describía técnicas como la privación sensorial, las amenazas a familiares y el uso del miedo como herramienta de control.
Según investigaciones de Human Rights Watch, estos manuales también promovían la infiltración de organizaciones civiles, el uso de informantes pagados y métodos de vigilancia masiva. La filosofía subyacente era clara: en la lucha contra el "enemigo interno" —cualquier persona o grupo considerado subversivo— los fines justificaban los medios. Esta doctrina de seguridad nacional, exportada desde Estados Unidos, proporcionó la base ideológica para las dictaduras militares que azotaron el continente.
El programa también incluía entrenamiento en operaciones psicológicas, guerra de guerrillas y tácticas de combate urbano. Pero lo más perturbador era cómo estos conocimientos técnicos se combinaban con una ideología anticomunista que demonizaba no solo a guerrilleros armados, sino también a sindicalistas, estudiantes, sacerdotes progresistas, periodistas críticos y cualquiera que cuestionara el orden establecido.
💀 Los graduados más infames: un catálogo del horror
La lista de graduados de la Escuela de las Américas lee como un directorio de los peores criminales de América Latina. Entre ellos se encuentran 10 de los 12 oficiales salvadoreños responsables de la masacre de El Mozote en 1981, donde fueron asesinados más de 800 civiles, incluyendo mujeres, niños y ancianos.
Roberto D'Aubuisson, fundador de los escuadrones de la muerte en El Salvador y cerebro del asesinato del Arzobispo Óscar Romero en 1980, era graduado de la institución. Su caso es emblemático: recibió entrenamiento en inteligencia y contrainsurgencia en Fort Benning, conocimientos que después aplicaría para construir una red de terror que causó miles de muertes durante la guerra civil salvadoreña.
En Argentina, el Almirante Emilio Massera, miembro de la junta militar durante la dictadura y responsable de miles de desapariciones, también pasó por las aulas de la Escuela. Lo mismo que el General Leopoldo Galtieri, quien dirigió la represión durante los años más sangrientos del Proceso de Reorganización Nacional. Según la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), al menos 30,000 personas fueron víctimas del terrorismo de estado argentino.
Manuel Noriega de Panamá, los generales guatemaltecos responsables del genocidio contra poblaciones indígenas mayas, oficiales hondureños vinculados al Batallón 3-16 (escuadrón de la muerte que operó en los años 80), y numerosos participantes en la Operación Cóndor —la coordinación represiva entre dictaduras sudamericanas— también figuran entre sus alumnos destacados.
En Bolivia, varios de los militares involucrados en la dictadura de Hugo Banzer (1971-1978) eran graduados. En Chile, al menos 15 oficiales vinculados a la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) de Pinochet recibieron formación en la institución. La conexión era innegable: donde había represión sistemática en América Latina, casi siempre había graduados de la Escuela de las Américas.
🔍 La doctrina de seguridad nacional: ideología de la represión
Detrás de los cursos y manuales existía una ideología que transformó radicalmente el rol de las fuerzas armadas latinoamericanas: la doctrina de seguridad nacional. Este concepto, desarrollado durante la Guerra Fría, redefinió la amenaza militar tradicional —ejércitos extranjeros invasores— como una amenaza interna: el "enemigo subversivo".
Según esta doctrina, promovida intensamente en la Escuela de las Américas, cualquier expresión de descontento social, organización popular o cuestionamiento al capitalismo podía ser manifestación de infiltración comunista. Los militares dejaron de ser los guardianes de las fronteras para convertirse en policías políticos encargados de vigilar, controlar y reprimir a sus propias poblaciones.
Esta visión justificó la intervención militar en la política, los golpes de estado y la eliminación física de opositores. Como documenta el National Security Archive, desclasificaciones posteriores revelaron que funcionarios estadounidenses no solo conocían estas prácticas, sino que en muchos casos las alentaban como parte de la estrategia anticomunista hemisférica.
La consecuencia fue la militarización de conflictos sociales que tenían raíces en la pobreza, la desigualdad y la exclusión política. En lugar de abordar las causas estructurales de la inestabilidad, se optó por la represión como solución. Los sindicatos fueron infiltrados, las universidades vigiladas, la prensa censurada y los movimientos sociales criminalizados. Esta militarización del pensamiento político tuvo efectos devastadores que aún persisten en muchos países de la región.
⚖️ Controversia, resistencia y cambio de nombre
Las denuncias contra la Escuela de las Américas comenzaron a crecer en los años 80, especialmente tras las revelaciones sobre las masacres en Centroamérica. Organizaciones como School of the Americas Watch (SOA Watch), fundada por el sacerdote jesuita Roy Bourgeois en 1990, lideraron una campaña persistente para cerrar la institución.
Cada año, activistas se congregaban frente a las puertas de Fort Benning en Georgia para protestar, realizar vigilias y exigir rendición de cuentas. En 1999, tras intensas presiones y una votación muy reñida en el Congreso estadounidense, se decidió el cierre formal de la Escuela de las Américas.
Sin embargo, la victoria fue pírrica. En enero de 2001, la institución reabrió con un nuevo nombre: Western Hemisphere Institute for Security Cooperation (WHINSEC). Los críticos la llamaron "la misma escuela con diferente nombre", y tenían razón en gran medida. Aunque se introdujeron cambios cosméticos, como cursos obligatorios sobre derechos humanos y mayor supervisión del Congreso, la misión fundamental permaneció esencialmente intacta.
El WHINSEC continúa operando hasta hoy, entrenando militares y policías latinoamericanos en Fort Benning. Aunque las denuncias por violaciones de derechos humanos vinculadas a sus graduados han disminuido, no han desaparecido. En 2009, por ejemplo, varios oficiales hondureños entrenados en la institución participaron en el golpe de estado contra el presidente Manuel Zelaya, según reportó The Guardian.
🌍 Contexto global: otras "escuelas" del imperio
La Escuela de las Américas no fue un caso aislado, sino parte de una red global de instituciones diseñadas para mantener la hegemonía estadounidense durante la Guerra Fría. En otras regiones, Estados Unidos estableció programas similares con resultados igualmente cuestionables.
En el Sudeste Asiático, programas de entrenamiento militar apoyaron dictaduras en Filipinas, Indonesia, Tailandia y Corea del Sur. En África, la asistencia militar estadounidense respaldó regímenes autoritarios que servían como barreras contra la influencia soviética. En Medio Oriente, el apoyo a monarquías absolutas y gobiernos autoritarios se justificó bajo la misma lógica anticomunista.
El patrón era consistente: en nombre de la "seguridad" y la "estabilidad", Estados Unidos entrenó, armó y respaldó a fuerzas represivas que violaban sistemáticamente los derechos fundamentales de sus poblaciones. Esta contradicción entre el discurso oficial sobre democracia y libertad, y la práctica real de apoyo a dictaduras, generó un profundo cinismo en muchas sociedades que experimentaron directamente estas políticas.
La experiencia latinoamericana con la Escuela de las Américas tiene paralelos inquietantes con la formación que Estados Unidos proporcionó a los muyahidines afganos en los años 80, algunos de los cuales después formarían parte de Al-Qaeda, o con el entrenamiento de fuerzas de seguridad iraquíes que posteriormente protagonizaron abusos documentados. La historia parece repetirse: el entrenamiento militar sin un marco ético sólido y sin consideración de las consecuencias políticas a largo plazo puede crear monstruos.
🕊️ El legado: heridas abiertas y justicia pendiente
Las consecuencias de décadas de intervención militar entrenada en la Escuela de las Américas siguen marcando profundamente a América Latina. Según la Comisión de la Verdad de El Salvador, más de 75,000 personas murieron durante la guerra civil, la mayoría civiles asesinados por fuerzas gubernamentales. En Guatemala, la Comisión para el Esclarecimiento Histórico documentó 200,000 muertos y desaparecidos durante 36 años de conflicto, incluyendo actos de genocidio contra comunidades mayas.
Las familias de las víctimas continúan buscando justicia décadas después. Organizaciones de derechos humanos en toda la región mantienen archivos de la memoria, exigen la apertura de archivos militares y luchan contra la impunidad que protege a muchos perpetradores. En países como Argentina y Chile, se han logrado avances significativos en juicios contra represores, pero en otros, los responsables siguen libres o protegidos por leyes de amnistía.
El impacto también es psicosocial. Generaciones enteras crecieron en el terror, aprendiendo que participar políticamente, organizarse o simplemente expresar opiniones críticas podía costar la vida. Esta herencia de miedo ha debilitado las democracias latinoamericanas, dificultando la construcción de sociedades civiles vibrantes y sistemas políticos genuinamente participativos.
Además, la militarización de la seguridad pública —con ejércitos combatiendo el narcotráfico y el crimen organizado— reproduce patrones preocupantes. En México, Colombia y Centroamérica, las denuncias de violaciones de derechos humanos por parte de fuerzas militares son frecuentes, recordando los oscuros días de las dictaduras.
🤔 Reflexión final: La responsabilidad histórica y las lecciones no aprendidas
La historia de la Escuela de las Américas plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad moral de las potencias hegemónicas y los límites de la intervención extranjera. ¿Hasta qué punto Estados Unidos debe rendir cuentas por el entrenamiento proporcionado a violadores de derechos humanos? ¿Son suficientes las disculpas y los cambios cosméticos institucionales cuando el legado es de decenas de miles de muertos y desaparecidos?
Para América Latina, la lección debería ser clara: la seguridad no puede construirse sobre la represión, y la estabilidad política genuina requiere abordar las causas profundas de los conflictos sociales, no simplemente militarizarlos. Las fuerzas armadas deben estar subordinadas al poder civil democrático, y su formación debe incluir un compromiso inquebrantable con los derechos humanos.
La memoria histórica no es un ejercicio de revanchismo, sino una herramienta fundamental para evitar que estos horrores se repitan. Conocer qué sucedió, quiénes fueron responsables y cómo fue posible es esencial para construir sociedades más justas y democráticas. La Escuela de las Américas y su legado deben ser recordados no solo como un capítulo oscuro de la Guerra Fría, sino como una advertencia permanente sobre los peligros de sacrificar la dignidad humana en nombre de la geopolítica.
¿Conocías la historia de esta institución? ¿Crees que Estados Unidos debería hacer más para reparar el daño causado? Comparte tu opinión en los comentarios y ayúdanos a mantener viva la memoria histórica. Si este artículo te pareció importante, compártelo para que más personas conozcan esta verdad incómoda pero necesaria. La memoria es resistencia, y el conocimiento, justicia. 💭✊

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